El Rata, si hubiera nacido en otro lugar, habría tenido otra vida. Probablemente habría sido físico o habría estudiado algo relacionado con la química. Tenía facilidad para entender cómo funcionaban las cosas: arreglaba radios que otros daban por perdidas y, cuando no lograba hacerlas sonar, guardaba las piezas para probarlas en otra. Él mismo, con la fe de quien todavía no sabe todo lo que le van a pedir para conseguirlo, creía que sería el primer astronauta chileno.
Había pasado por tantos colegios y hogares de acogida que a veces confundía dónde le había ocurrido qué cosa. Se acordaba de un profesor que le prestaba revistas de ciencias y de haberlas dejado en un hogar al que no volvió. Del primer delito, a los catorce años, quedó un registro mucho más fácil de encontrar.
Fue en ese entrar y salir de hogares donde se ganó el sobrenombre por los incisivos prominentes. Podrían haberle dicho Topo o Laucha, pero quedó como el Rata por la cara alargada y un bigote incipiente que tenía a los doce años. El apodo le acarreaba un problema semántico en el bajo mundo; por eso se presentaba con otros, pero no quedaban: al final, siempre alguien lo reconocía y volvía a ser el Rata.
Llevaba varios años viviendo con la Mari cuando se metieron a robar en lo que ellos pensaban que era una construcción y comenzó el enredo que terminaría por reducirlos a una media página de un diario nacional. Sacaron unas cajas y las metieron al auto que habían robado del estacionamiento del mall. Solo al llegar a la casa descubrieron la sorpresa: lo que creían que eran codos de cobre resultó ser dinamita. Sabían que era peligroso tenerla en su poder, aunque lo que más les preocupaba era que los buscarían hasta encontrarlos. Al cabo de unas horas ya se decía en la calle que alguien había robado explosivos. Los narcos querían las cajas por razones obvias; la policía, además, quería a quienes se las habían llevado.
El Rata y la Mari no eran particularmente populares entre los narcos y, sí, el problema era semántico. No les gustaba el Rata porque una rata siempre iba a ser una rata.
La Mari propuso dejarlos abandonados en algún lugar. El Rata le dijo que podía encontrarlos un niño y que entonces, además del robo, tendrían que cargar con la imputación de un cuasidelito de lesiones graves o algo peor. Luego vino el pipazo y las ideas comenzaron a volverse un poco más delirantes. Para esa altura, el Rata había hablado tantas veces de ser astronauta que la misma Mari lo creía con las tripas.
De esa noche quedaron los papeles con los cálculos y lo que después se pudo averiguar. No podría decir quién propuso el viaje ni quién encontró buena la idea. Entre el pipazo, el clonazepam, el vino y el tramadol, tampoco sé si ellos habrían podido ponerse de acuerdo al día siguiente. Me gusta pensar que fue la Mari quien miró las cajas y le preguntó si no les alcanzarían para irse. El Rata habría entendido que quería cambiar de ciudad, hasta que ella le señaló el techo.
Querían salir de la atmósfera y quedarse dando vueltas alrededor de la Tierra un par de meses, hasta que pasara todo. Me imagino a la Mari preguntando si desde allá podrían reconocer la casa y al Rata tratando de explicarle que iban a estar demasiado lejos. A ella le habría bastado con eso. Él hizo unos cálculos muy errados, aunque tuvo el cuidado de repetirlos. Quería que la Mari tuviera razón y, según los papeles, la tenía: alcanzaban a salir de la atmósfera. Faltaba juntar comida y conseguir algo que funcionara como una nave espacial.
Creo que, si hubieran tenido tiempo de bajar un poco o si la policía hubiera llegado antes, el resultado habría sido diferente.
La nave era un refrigerador viejo con una puerta con seguro, del tamaño justo para los dos. No pensaron en el oxígeno ni en cómo iban a aterrizar. El Rata quiso ponerle la puerta de una lavadora de carga horizontal a modo de escotilla, para poder mirar el espacio, pero el tiempo apremiaba y tendría que haberse conseguido una máquina para soldar. La Mari le pidió que dejara de buscar piezas y la ayudara a sacar las bandejas del refrigerador, porque ella también tenía que caber.
Juntaron un poco de comida para el viaje. A la Mari le tocó llevar un abrelatas y barritas de comida; el Rata revisó las cuentas por última vez. Se demoraron en hacer un hoyo profundo para que la dinamita generara la fuerza hacia un solo lado; encima de las cajas acomodaron el refrigerador y prepararon su partida. Entre los dos, y con los nervios apagados por las drogas consumidas, hicieron la cuenta regresiva.
El estruendo se escuchó en toda la ciudad.
Podría decirles que la explosión fue controlada y que esa única posibilidad de que algo saliera bien terminó haciéndose realidad. Que la Mari y el Rata soportaron fuerzas G que muy pocas personas llegan a experimentar y que después sintieron cómo la comida y las botellas de agua se les escapaban de las manos en la gravedad cero. Que les alcanzó para un par de semanas, hasta que el refrigerador dejó de orbitar la Tierra y cayó en el océano, mientras miles de personas seguían las noticias esperando su regreso. Podría decirles que fueron recibidos como los primeros astronautas chilenos y que al Rata por fin lo llamaron por su nombre. Que pudo estudiar lo que siempre quiso y que la Mari lo acompañó hasta el último de sus días. Que tuvieron hijos, una familia bien constituida, y que alguien escribió que las dificultades de la infancia les habían dado la fuerza para convertirse en personas de bien. Podría decirles que la Mari murió de vieja, en su casa, rodeada de hijos y nietos, y que el Rata vivió un par de años más. Que murió con una sonrisa, sabiendo que había logrado todos sus sueños.