La llave del perpetuo socorro

Lo peor de ese año fue dejarla ir.

No se dio cuenta de inmediato. Tuvieron que pasar varios meses antes de que, un jueves por la mañana, contemplara su propio rostro frente al espejo y descubriera que algo se había desordenado sin que ella estuviera presente. La sensación no estaba en la cara. Estaba detrás: en la forma en que los ojos sostenían la mirada y no encontraban dónde posarse.

Nunca pensó que algo así pudiera pasarle a él. Siempre había sido inteligente, capaz, entretenido. Sabía qué vino pedir, qué color de corbata usar, qué palabras pronunciar frente a un desconocido. Durante años creyó que esas cualidades le pertenecían.

Aquella mañana comprendió que había sido ella quien lo había hecho ser así.

Ella compraba sus camiasas y corbatas y las escogía a diario. Recordaba los nombres que él olvidaba. Le advertía cuándo hablaba demasiado. Le ordenaba las ideas antes de una reunión y se reía de sus bromas antes que nadie, dándoles una gracia que muchas veces no tenían. Incluso su manera de entrar a una habitación, el garbo, la seguridad, esa naturalidad que otros admiraban, se había extinguido en el instante en que ella puso el pie en el taxi.

Ella era su visto bueno.

Desde entonces llegaba tarde, repetía historias y se quedaba sin saber qué hacer con las manos. Muchas veces terminaban en los bolsillos, ocupando aquel espacio que le habían dicho que no debía ocupar.

***

Ella había aprendido a vivir en un departamento de dos habitaciones donde nada le pertenecía y, por eso, todo podía llegar a ser suyo.

La mesa venía con el departamento. La cama la había comprado en veinticuatro cuotas y todavía dormía en un solo costado. En la cocina había tres platos, dos tazas y un vaso que usaba para dejar remojando los pinceles.

La casa que había abandonado tampoco la sentía suya.

La construyeron juntos, aunque en las escrituras figuraba solo el nombre de él. Fue ella quien discutió los metros cuadrados con los maestros, corrigió la altura de las ventanas y pidió que el dormitorio recibiera la luz de la mañana porque esa luz le hacía bien a su esposo. Dibujó la isla de mármol sobre un papel de envolver. Eligió el porcelanato distinto para marcar el lugar donde debía ir la mesa. Durante casi cuarenta años había vivido allí como una invitada laboriosa: limpiando, reparando y embelleciendo una propiedad ajena que sentía como propia. En el papel, sin embargo, era solo una invitada. No lo supo hasta que el abogado que ella consideraba uno de sus mejores amigos se sentó al frente de ella y a un costado de su marido.

Antes de marcharse recorrió las habitaciones y entendió que no quería llevarse nada.

Solo guardó ropa, algunas fotografías, una caja con documentos y la pequeña virgencita de yeso que había heredado de su madre.

Él no notó que faltaba hasta muchos meses después.

La figura había estado siempre sobre una repisa del pasillo: una virgen de manto celeste, mejillas rosadas y manos diminutas extendidas hacia quien necesitara ayuda. Cuando eran jóvenes, él se burlaba de ella.

—Tu virgencita del Socorro —decía.

No sabía su verdadero nombre, ella se lo dijo un par de veces, pero luego dejó de corregirlo.

También llamaba, tercamente, de esa manera a su mujer cuando alguna persona, en especial si era hombre, se acercaba a pedirle consejo, compañía o consuelo.

—Ahí está la virgencita del Socorro…

Los celos no se nombraban. Solo relucían por su ausencia.

Al principio ella se reía, con esa risa sutil con la cual se va a la batalla y muchas veces se gana. Con los años dejó de hacerlo.

A veces pasaba horas con hombres que sus amigas consideraban atractivos o capaces de asegurarle un futuro. Llegaban a exhibirse: explicaban cómo tocar más de un instrumento musical ayudaba a la potencia sexual, hablaban del sudeste asiático y de cómo habían destapado el Svadhisthana, aseguraban que solo éramos energía, mostraban fotos de trekkings en la Patagonia o de templos en Bali, mencionaban sus inversiones en criptomonedas o su cartera diversificada, hablaban de su terapeuta con una naturalidad estudiada, citaban a Rilke o a Bukowski según el día, se declaraban buenos oyentes, contaban la historia de su divorcio como si fuera una epopeya, presumían de cocinar con fermentos o de haber leído a Byung-Chul Han, hablaban de su huerta urbana, de su práctica de meditación o de lo mucho que habían llorado en terapia.

Ella los escuchaba desplegar su repertorio y, cuando terminaban, solo atinaba a decir: “¿Eso es todo?”.

Los hombres la aburrían. Llegaban con sus tragedias idénticas, dispuestos a rogar por estar con ella como si no fuera una mujer sino la solución para todo lo que habían estropeado. Él había sido distinto. O eso creyó. El único hombre al que consideró una pareja y no una tarea.

Después comprendió que él también había estado rogando, aunque de una manera más silenciosa.

***

Una tarde, mientras intentaba preparar algo para comer, él encontró una llave que no reconoció. Estaba en el último cajón de la cocina, junto a las pilas descargadas, las boletas antiguas y un manojo de elásticos resecos. La sostuvo largo rato, tratando de recordar qué abría.

La llamó.

Ella respondió al cuarto timbrazo.

—Encontré una llave.

Hubo un silencio breve.

—¿Una llave?

—Estaba en el cajón de la cocina.

—Entonces debe ser tuya.

—No sé de qué es.

—Yo tampoco.

Él caminó por la casa mientras hablaban. Volvió a hacer lo que ya había hecho, solo para comprobar, con un testigo telefónico, que la llave no podía ser de algo dentro de la casa. Probó puertas y cerraduras. La llave no entraba en ninguna.

—Quizás es del portón antiguo —dijo ella.

—Puede ser.

Otro silencio.

Pudo haberle preguntado cómo estaba. Pudo haberle dicho que parte del jardín se había secado, que una mancha de moho negro crecía sobre la ventana del dormitorio o que desde su partida no había vuelto a dormir una noche completa. Pudo haberle dicho que lo sentía, porque lo hacía. Mucho.

En cambio preguntó:

—¿Te llevaste la virgen?

—Sí.

—Pensé que estaba guardada.

—No. Me la llevé.

Ella ya no tenía rabia. Eso fue lo que más le molestó.

—Aquí se veía bien —dijo él.

—Aquí mejor.

Él quiso preguntarle dónde quedaba ese “aquí”, aunque conocía la dirección. La había anotado el día en que ella se marchó, por si ocurría una emergencia. Desde entonces había considerado muchas cosas como emergencias: una gotera, una camisa desteñida, una cena a la que llegó sin regalo.

—Podrías venir a buscar la llave —dijo—. Por si es tuya y es importante.

Ella miró la virgencita sobre el refrigerador. En el departamento no había repisas y ese era el único lugar desde donde la figura podía contemplar la habitación. Detrás de ella, en la pared, las manchas de la pintura reventada por la humedad del yeso parecían nubes.

—Bótala —respondió.

Él apretó la llave dentro del puño hasta que el metal le dejó una marca en la palma.

—Podría ser de algo tuyo.

No respondió. Se despidió.

Aquella noche él dejó la llave sobre la repisa vacía del pasillo. A la mañana siguiente seguía allí, pequeña e inútil, iluminada por el rectángulo de sol que entraba por una ventana que ella había diseñado.

En su departamento, ella terminó de pintar una pared de color celeste. El dueño le había dicho que podía hacerlo si al marcharse la devolvía a su color original.

Bajó de la silla, se limpió las manos en el pantalón y observó el resultado. El celeste era más intenso de lo que había imaginado. Le gustó.

Tomó la virgencita y la puso frente a la pared recién pintada, sobre una consola. Ya no parecía una figura triste.

Pensó en él, solo en la casa, sosteniendo una llave que no abría ninguna puerta. Durante un instante sintió el impulso de llamarlo.

Acercó un dedo a las manos extendidas de la virgen y la hizo girar con suavidad hacia la pared.

La llave, del otro lado de la ciudad, seguía sobre la repisa.

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