32

Mi viejo murió cuando yo tenía 9 años, fue el día de su cumpleaños, a los 32. Siempre digo que era tan ateo que no quería llegar a la edad de Cristo. Supongo que digo esas cosas para bajarle un poco al asunto de la muerte, porque cuando la gente pregunta por tus padres y respondo me miran con cara de pobrecito. Porque la conversación suele ser:

— Y tus papás, ¿qué hacen?
— Mi mamá es médico en el hospital regional, infectóloga.
— ¿Y tu viejo?
— Mi papá murió.
— Disculpa, lo siento.
— No, no te preocupes, fue hace mucho. 

Y ahí te quedan mirando esperando que les digas hace cuánto fue para no sentirse culpables por preguntar lo que toda la gente pregunta y les digo que murió cuando yo tenía 9 años. Y me quedan mirando con cara de pobrecito. De nuevo.

Desde hace poco no cuento que se mató. Antes lo decía, seguido. En el colegio obviamente no lo necesitaba decir, los amigos que tienes son tus compañeros y luego, los recién llegados ya saben el chisme cuando te llegan a conocer, porque no le preguntes sobre su papá, se disparó cuando estábamos en quinto. Y así.

El mito del colegio dice que yo lo encontré. 

El mito es verdad, pero nadie lo sabe, ni siquiera mi mamá. 

Mi viejo no estaba pasando por un buen momento, supongo. 

Habíamos llegado de celebrar el cumpleaños de la casa de mis abuelos paternos, comer torta y esas cosas. Mi mamá se había separado hace un par de meses de él y comenzó a rehacer su vida. Eufemismo de mierda. Y claro, mi papá lo supo. Yo se lo dije. Sin querer, le dije que había un tipo que no me caía muy bien que llegaba al departamento seguido. El tío Alejandro. 

— Alejandro, el amigo de mi mamá
— El que era compañero en la U, ¿ese Alejandro?
— No sé.
— Si, debe ser él.
— …
— ¿Y qué hacen?
— Nada, vemos tele, tomamos once.
— ¿Se queda a dormir?
— No lo sé, parece.

Aún recuerdo eso, verlo descender de a poco, el cambio de su cara, el sentarse, el tomarse un tiempo para pensar en lo que su hijo le acababa de decir. 

Estaba viendo tele, pero escuché cuando la llamó, escuchaba la discusión de fondo, cuando le preguntó con quién estaba ella ahora, si estaba tirando con ese tal por cual, él retándola y ella respondiendo. Esa conversación no iba a terminar bien para ninguno de los dos. Creo que terminó peor para mi viejo, aunque ahora creo, más de adulto, que quizás terminó peor para mi madre. 

Cuando terminaron de hablar lo veía caminar por la casa, salió al patio, estuvo llorando harto rato, media hora, quizás un poco más. No sabía qué hacer, posiblemente si hubiera sido mujer hubiera ido a consolarlo, pero así no tenían que ser los hombres, mi papá y mis abuelos me decían eso. 

Mi viejo siempre lloraba cuando lo visitaba, solo, en su pieza, pero ese llanto fue diferente, fue perder la esperanza. Habían terminado para darse un tiempo. Al menos eso escuché que le decía mi mamá cuando recién nos fuimos de la casa. Uno escucha todo en un departamento. Todo. 

Mi mamá llevaba meses durmiendo conmigo en mi pieza hasta que al final arrendó un departamento cerca del hospital y nos fuimos. No hubo aviso ni comentarios hacia mi papá de por medio, solo un día mientras él estaba en el trabajo nos cambiamos de casa. Había un par de muebles que habíamos heredado de mis abuelos o que, seguramente, ellos le habían ayudado a comprar a mi mamá. Una tele y un par de camas. Mi mamá también lloraba, pero más bajito. Ambos estaban mal. Se habían casado pensando que el amor era para siempre y en la mayoría de los casos no dura más de un par de años. 

Siempre pienso que deberían agradecer que a ellos les duró 12 años. Harto. O sea, mi mamá debería agradecer eso.

Luego de la muerte de mi viejo mi mamá se hundió en la culpa. No podía hacer mucho, pasaba las tardes, después del trabajo, tomando, haciendo pequeños brindis a la única foto que habíamos conservado de los tres. Tomaba lo suficiente para empezar a reírse y llorar sola, pero no lo suficiente para quedarse dormida y yo tener que levantarla del sofá. 

El tío Alejandro nunca más volvió al departamento. Tío. Ese chuchadesumadre vio a mi mamá vulnerable y se le tiró encima y ella lo quería o quería creer que lo quería, la separación lo hizo mal a ambos y ambos tuvieron que lidiar de diferente forma con no tener al otro lado, pero empezar a seducir a una mujer que acaba de salir de una relación… Eso no se hace, menos a una madre soltera. No porque sea mal para la persona que está procesando el término, si no porque siempre termina mal para el tercero. Lo peor es que los terceros siempre se hacen grandes ilusiones y terminan peor que antes, solos y pensando en qué hicieron mal.

Nunca nadie más entró a ese departamento, ni a la casa en que vivimos ahora. Solo éramos nosotros dos. A veces la visitaban amigos, conocidos, pero nunca un pololito. Solo éramos los dos. No creo que mi vieja sea una monja, de vez en cuando sale a pegarse una canita al aire con alguien, la he visto hace poco meterse a Tinder, pero mis viejos nunca se separaron por dejar de quererse, fue porque se llevaban mal, se caían mal, pero se amaban como nadie más lo había hecho con respecto al otro. Y eso pasa la cuenta cuando alguien se te muere, mucho viudo y viuda que nunca se volvió a casar lo confirman. 

No me imagino poder sentir eso por otra persona, ser tan vulnerable como para dejar que alguien te pueda hacer ese daño. No lo sé, no me gustaría. 

Cuando entré a la U me di cuenta que era un buen gancho eso de decir que mi papá se había quitado la vida. Así lo decía, sonaba más trágico que suicidio o que se mató y lo que buscaba era levantarme a la mechona de turno. Siempre era mechona. De cualquier carrera, había que variar. Mi vieja no se metía en lo que yo hacía con mi vida, estaba todo el día trabajando, así que no la veía mucho. Así que ahí fui modificando la historia, de a poco, siempre un poco más morbosa, con eso era peor. Ni siquiera tenía que simular pena, solo contar la historia y la empatía de la mina de turno hacía el resto. La historia que terminé contando fue que mi viejo se había ahorcado y que yo me había quedado debajo de él, abrazándolo hasta que llegó mi mamá a buscarme en la mañana y cuando mi mamá me preguntó porque no lo soltaba yo le contesté porque no quería que mi papá estuviera solito. Solito le daba un toque extra de abandono y niñez que era cautivante. 

El escopetazo lo escuché luego de que mi papá dejara de llorar en el patio. Llamé de inmediato a mi mamá. Ella me dijo que no saliera y que llegaría a la casa en 15 minutos, pero supongo que el morbo fue más grande que la obediencia hacia mi madre. 

Salí al patio y el frío me pegó en la cara. Hacía frío ese día, me acuerdo perfecto, porque me abracé solo antes de verlo.

Mi viejo estaba pegado a la pared de ladrillos, sentado raro, con las piernas estiradas como si se hubiera resbalado. Tenía la escopeta todavía entre las piernas. No entendí nada al principio. Pensé que había matado a un ladrón y ahora estaba ahí, en el piso.

El pecho lo tenía abierto, no sé cómo explicarlo. No era sangre nomás, era como si le hubieran metido un puño adentro y le hubieran sacado todo. La camisa blanca que usaba ya no era blanca. El olor era a pólvora y a algo metálico que nunca más olvidé, como cuando te cortas y te chupas el dedo.

Me quedé parado ahí, con los pies helados porque había salido en calcetines.

Él levantó la vista. Me vio. Abrió la boca pero no salió nada, solo sangre, como si estuviera escupiendo lo que no alcanzó a decir. Le salía por la nariz también. Hacía un ruido ahogado, como cuando te pegas un mate en la piscina, pero más lento, más húmedo.

Tres segundos. Eso duró. Tres segundos mirándome y después nada. Los ojos se le quedaron abiertos pero ya no había nadie atrás. Solo vidrio.

Me quedé ahí parado no sé cuánto rato. Los pies se me congelaron. Escuché un perro ladrar lejos. El viento movía las hojas del naranjo que habían plantado mis papás cuando nací. No me acuerdo haberlo visto dar frutos.

Con esa historia no me levanto ni una mina, lo aprendí con el tiempo. Creo que una mujer veía en esa historia el nacimiento de un asesino en serie más que alguien para consolar, para ayudar. 

Mi vieja llegó a los 10 minutos, cuando la escuché entre a la casa e hice como que estaba viendo tele. Me preguntó dónde estaba mi papá y salió al patio. Y ahí se quedó, por minutos que parecieron horas. Yo me quedé dormido. 

La ambulancia no llegó al tiro, creo que mi mamá no la llamó, tampoco a los pacos. Seguramente fueron los vecinos. Me tocó abrirles la puerta, me preguntaron si había escuchado algún disparo o algo, y les dije que sí, que mi papá se había disparado en el pecho, pasaron y vieron a mi mamá abrazando a mi viejo, llorando, cubierta de sangre, mocos, sudor y lágrimas. 

Hubo un juicio porque la gente dudó de que se hubiera matado solo. Los investigadores y la fiscalía dedujeron que cuando un hombre se mata lo hace pegándose un tiro en la cabeza. Y si, estadísticamente es así. Los hombres también se ahorcan más que las mujeres. Las mujeres prefieren tomar pastillas o cortarse las venas. Mi papá prefirió pegarse un tiro en el pecho con una escopeta con perdigones que había pertenecido a su padre. Supuestamente me la iba a regalar cuando tuviera la edad para portarla, pero a veces hay que decirle que no a ciertas herencias.

La fiscalía también argumentó que habían peleas y amenazas de ida y vuelta, que mi mamá quería quedarse con la casa. Mi mamá nunca quiso volver a saber de esa casa ni de ese patio. 

Supongo que todo eso tuvo que ver con mis abuelos, le echaron la culpa y querían quitarle a su hijo. A mi. Algo así como nos quitaste a nuestro hijo, nosotros te quitaremos al tuyo. 

La gente suele pensar tonteras cuando están llenas de emociones fuertes. No culpo a mis tatas, mi mamá tampoco. Al tiempo tuvieron que reconciliarse, éramos la familia que les quedaba. Nosotros seis, navidades y años nuevos en el campo. 

La investigación duró menos que un candy, ni siquiera daba para que llegara a juicio, decía el abogado de mi mamá. Estaba la llamada que hice, mi mamá estaba con el tío Alejandro, la vieron salir minutos después del disparo. Cámaras, registros de llamadas, testigos. 

Al tiempo supe que el fiscal era conocido de mi abuelo paterno, solo utilizaban esto para hacer sufrir a mi madre. Y en ese tiempo no se imaginaban que mi vieja se iba a hacer sufrir solita el resto de su vida. Ni siquiera le tenían que decir que ella fue la culpable, ella así lo sentía. Una mierda. 

Aún me sobresalto cuando escucho ruidos fuertes, pero ya no cómo antes, cuando chico era peor. Los escapes o los fuegos artificiales. Con mi mamá íbamos a pasar el año nuevo al campo, para evitar problemas con ruidos fuertes. Ella también estaba mal.

Hace poco me vine a sentar a la cocina de la casa que comparto con mi mamá desde hace cinco años. Ella duerme, o finge dormir, porque hoy no me felicitó. No lo hace desde que cumplí 18, siempre lo dice uno o dos días después con la excusa del trabajo o que se le olvidó. Creo que le da miedo decirlo en voz alta: Feliz cumpleaños, hijo, ya llegaste a la edad en que tu papá se disparó en el pecho ¿Te acuerdas?.

Tengo 32 y nunca he tenido polola de verdad. Ni un “te quiero” que dure más de tres semanas. Las minas entran en mi vida al escuchar la historia (la versión light, la versión medium o la versión ultra gore HD, según cuánto alcohol lleve encima), se quedan un rato compadeciéndome, me consuelan con sexo y con abrazos por un día, semanas o hasta un mes y luego desaparecen. Pasaron los años, salí de la U, las historias cambiaron, pero las minas seguían siendo las mismas: entraban, se compadecían, desaparecían. Algunas me dejan un mensaje bonito: “Necesito tiempo para procesar”. Otras ni eso. La última, Carla una ingeniería civil amiga de un colega, me dijo: “Tú no quieres que te quieran, quieres que te salven”. Lo soltó mientras se ponía las calcetas y yo miraba el techo como idiota. “Sálvame con otra cachita” atiné a decir. Sonrió, no creo que haya sido por el chiste.

Tengo una botella de pisco que compré ayer en el súper. La abrí a las doce en punto, cuando el reloj marcó la hora exacta en que nací, según mi mamá. Brindo solo. “Salud, papá. Ya te alcancé, huevón”.

Pienso en él todo el día. En los últimos tres segundos de vida que vi. En la sangre que le salía por la boca como si estuviera escupiendo la bronca que nunca dijo, la pena que nunca nos contó. Pienso que a lo mejor él también brindó así el día que cumplió 32, solo que con una escopeta en vez de piscola.

Suena el celular. Es un mensaje de mi mamá desde su pieza:

“¿Estás despierto?”

Le contesto que sí.

Se demora como cinco minutos y aparece en la puerta de la cocina, en pijama, con el pelo gris que se le escapó del moño. Tiene los ojos hinchados, como siempre.

— ¿Quieres que hagamos algo hoy? — pregunta con esa voz que usa cuando le da vergüenza existir.
— ¿Como qué? ¿Una torta? ¿Una vela?

Se queda callada. Sé que está pensando en la vela que nunca más encendimos.

Me sirve un vaso de agua y se sienta frente a mí. Por primera vez en años me mira fijo.

— Tú no eres él — dice.
— Ya lo sé, mamá. Él se mató y yo solo estoy… aquí.
— No. Él se mató porque creyó que no había otra salida. Tú todavía puedes elegir otra cosa.

Me río, pero me sale una risa fea, como si me ahogara.

— ¿Y cuál sería esa otra cosa, mamá? ¿Tener familia? ¿Casarme? ¿Tener un cabro chico que un día me encuentre desangrándome en el patio?

Ella aprieta el vaso. Se le ponen blancos los nudillos.

— O que te encuentre vivo— dice—. Vivo y feliz, aunque sea un poquito.

Se levanta, me abraza por detrás como cuando era chico, y siento que le tiembla todo el cuerpo. No lloramos. Los dos sabemos llorar bajito desde hace demasiado tiempo.

Cuando se va a su pieza, me quedo mirando la botella. Queda un poco más de la mitad. Me acuerdo de lo que dijo Carla. Tal vez tenga razón. Tal vez llevo veintitrés años esperando que alguien baje del cielo, me saque la escopeta imaginaria de la cabeza y me diga que no pasa nada si cumplo 33, 34, 40, 50.

Abro el celular y busco el contacto que tengo guardado desde hace meses: “Psico Francisca – (tía Juani)”. Nunca le escribí. Hoy lo hago. Dos de la mañana y le escribo:

Hola, me recomendaron con usted. Tengo 32 años hoy. Mi papá se suicidó cuando yo tenía 9 y nunca he podido tener una relación que dure. No sé si usted trabaja con gente que ya está muerta por dentro, pero todavía respira. Si tiene hora, avíseme.

Envío.

Apago el celular, me sirvo el último trago y, por primera vez en la vida, no brindo por mi papá.

Brindo por mí.

Y lloro, pero esta vez no lo hago bajito.

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