14.2

El calendario insiste. 

Hay días que no preguntan si uno quiere recordar.
Días que llegan como acreedores a la puerta del sueño
y golpean sin tapujos ni ganas,
pero con la certeza de que alguien contestará.

Mi parsimonia no era la que esperabas.
A veces cojeaba errática entre un te quiero y un te amo,
un tartamudeo neurótico, disfónico,
que calzaba, extrañamente, con la mirada lacónica
que me devolvías desde tu reino de gestos escasos.

Esa mirada tenue y sublime
que decía cuántas palabras sobraban para nombrar lo que sentíamos.
O lo que yo creía sentir
mientras tú mirabas por la ventana del lenguaje.

Porque sentir,
entre nosotros,
nunca fue humano:
era animal,
un cotejo torpe,
entre lo que pudo ser un beso diluido entre telas grises
y ese ser que habitaba el fondo de los sueños,
junto a recuerdos inválidos,
que emergían como un simio aprendiendo sus últimas señas
en un lenguaje que se extinguió
antes que sus autores.

Fuimos tan poco para importar tanto:
un suspiro de tres años,
una angustia,
un eclipse de llantos,
una pelusa que no alcanzó a ser lo que esperaba ser,
ni siquiera ceniza, ni siquiera un polvo memorable,
pero no ese polvo, porque de esos sí hubo.
¿Te acuerdas? Sí, lo recuerdas.
Qué rasca, qué soez, dirás,
escondiéndote detrás de frases regurgitadas,
como si el mantra inhóspito del dolor
que te enseñaron a decir desde muy pequeña
borrara todas nuestras memorias.
Pero el recuerdo y el olor,
ese bendito olor,
no se lava con la lejía de la apatía
ni con la saliva de las palabras secas que parecías gritarme
desde el otro lado de la calle.

Podría escribir “a veces te recuerdo”,
pero estaría mintiendo,
como siempre mentí cuando intenté nombrar
lo que sentía por ti,
esa cosa sin nombre
que el idioma rechaza como un cuerpo extraño.

Porque contigo siempre me fui con calma,
con esa calma de los que callan por cobardía.
No debería haberme importado lo que me importó en su momento.
No debería haberme preocupado lo que me preocupó en su minuto.
No quise vomitarte encima lo mucho que me gustabas
cuando aún tú no lo hacías, si es que alguna vez lo hiciste,
si es que el sentir existe fuera de mi diccionario personal.

Debí decirte, al oído, escondido para que no me vieras,
lo mucho que te deseaba cuando todo mi ser
se volvía un animal de llantos y tormentos
al rozar el contorno interno de tus muslos,
de lo trémula que te volvías solo de pensar en verme,
de cómo tu cuerpo se anticipaba, húmedo y urgente,
a mis manos antes de que siquiera llegara,
deshaciéndose después como prueba
de que el paraíso también es una geografía.

No quise confesar que llevaba años esperando
esa noche de julio, desde aquel cruce de miradas
que no decían nada, o al menos no la tuya,
y menos en el idioma que yo había creado para describirte.

Hoy, en esta trampa para melancólicos,
negociadores del amor en estampas plásticas
y besos de globos rojos y sudores ajenos.

Y entonces me río de lo estúpido que pude llegar a ser contigo,
de la poca autoestima que aún me queda cuando te recuerdo,
y que, lo confieso, seguiré sintiendo
cada vez que revele tu nombre en una conversación con amigos.
Porque todavía duele pronunciarte en voz alta:
tu nombre es una herida que se abre al aire.

Pero hay una certeza que no necesita pruebas:
ya no habitas el mismo silencio.
Lo sé por la forma en que el recuerdo ya no responde,
por cómo mi voz llega tarde
a un lugar donde alguna vez tuve permiso de entrada.

No es que no vuelvas.
Es peor:
el mundo aprendió a seguir girando
sin mí en el centro de tu día,
sin mí como eje de tu sistema solar privado.

Y yo,
que apenas supe conjugar el amor en futuro,
que nunca pasé del pretérito imperfecto,
me quedo aquí, corrigiendo este poema
como quien desbasta una llave
para una puerta que ya no existe,
o que nunca existió,
salvo en el inventario de ilusiones
que guardo detrás de los días que pasan sin pena.

Porque el calendario insiste. Siempre lo hace.

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