catre

Laureano Riquelme hizo lo que cualquier hombre que se enfrenta a la muerte hace: ganar un par de minutos más de vida. Preguntó por tercera vez por qué iba a matarlo y la muchacha, que hasta ese momento no había apartado la vista del espacio donde la barba dejaba de ser barba y comenzaba a ser cuello, movió el cañón de la carabina y le apuntó a la cara.

—Usted sabe.

El bandolero movió la cabeza apenas, con una expresión que parecía resumir todo lo que había logrado entender de la interacción con la niña, que era algo cercano a un vacío absoluto. 

Tenía la pierna derecha estirada junto al fuego y la bota comenzaba a hincharse alrededor del tobillo. El caballo había rodado unos veinte metros antes de quedar sujeto entre dos hualles, con el pescuezo doblado y los ojos todavía abiertos, él había alcanzado a sacar el pie del estribo, aunque no logró evitar que el animal le cayera encima. Cuando volvió en sí, la muchacha estaba sentada frente a él, alimentando el fuego con ramas y pequeños troncos que había agrupado cerca de la fogata, y al parecer esperaba una respuesta de él, mientras apoyaba la carabina sobre las rodillas.

Había algo que reconocía de ella de alguna parte. Podía haberla visto en Pinto, sirviendo en una cocina; o ser una de las prostitutas jóvenes que había visto atender hace poco en Chillán; quizá ser la hija de alguien a quien le hubiera vendido uno de los caballos que cruzó de la cordillera hace un par de meses atrás. Podía no haberla visto nunca y todo ese regurgitar de recuerdos apaleados no servía de nada.

No parecía tener más de catorce años y la suciedad que le cubría la cara le daba un aire a mocosa rebelde que aún jugaba con su muñeca de lana. Llevaba su pelo castaño oscuro ondulado recogido sin mucho cuidado, con un mechón que caía al frente insistente y porfiado, una falda terrosa embarrada hasta las rodillas y un chal blanco percudido que parecía no ser de ella, porque le sobraba un par de cuartas en el largo. El barro de sus botas se había secado hacía tiempo. 

Había estado esperando junto al sendero antes de que Laureano pasara, tensado una cuerda entre dos troncos, a la altura necesaria para quebrar las patas al caballo. No había que ser muy inteligente para comprender que todo lo anterior descartaba la posibilidad de que la muchacha estuviera allí, con una carabina cargada, por casualidad. Sabía que venía huyendo de alguien y que ese sería el sendero por donde pasaría.

Laureano miró hacia el animal y aunque no fuera un caballo por el cual guardase algún tipo de cariño, sintió algo parecido a la lástima por la muerte que tuvo. En una de las alforjas llevaba un revólver, pero para llegar hasta él tendría que arrastrarse y la muchacha le dispararía antes de que avanzara un metro. El cuchillo seguía dentro de su bota izquierda. No sabía si ella lo había registrado mientras permanecía inconsciente o si solo le quitó la pistola. Había preguntado por qué iba a matarlo por una legítima ignorancia del hecho, pero también porque le convenía mantenerla hablando. Luego de años de coquetear con la muerte, algo sabía sobre los momentos previos en los que se marina la experiencia de morir. La gente que había resuelto matar a otro no conversaba. Disparaba y después, si todavía tenía ánimo, le explicaba al moribundo mientras se desangraba. La mayoría de las muertes no tienen aquella épica, aquel honor que todos esperan, solo es rechinar de dientes y un ruido sordo, luego hay un vacío y un último suspiro y aquella mirada que se apaga de a poco.

—Hay muchos que podrían querer verme muerto —susurró el hombre.

—Ya no tantos.

Laureano observó la manera en que sujetaba el arma. No tenía el dedo sobre el gatillo, sino apoyado a un costado, la mocosa sabía como disparar. Sabía que si cambiaba de posición sería para disparar, y sostenía la culata contra el hombro con una firmeza que muchos de sus compañeros de pelotón envidiarían. Aun así, pensando en la edad de la cabra chica y en la temperatura de aquella tarde de invierno, los brazos se le comenzarían a dormir pronto. Y luego vendría el frío. El sol había desaparecido detrás de la cordillera de la costa y en los bajos del bosque se formaba una oscuridad húmeda. La muchacha había encendido el fuego para no helarse, pero también para verlo, y al hacerlo había conseguido que desde el sendero cualquiera pudiera distinguir el humo. Todo podía servir para sacarlo de aquella maraña.

—¿Quién te mandó?

—Nadie.

—Entonces, di cómo te llamas. Un hombre necesita saber el nombre de su verdugo..

Ella lo miró como si la pregunta fuese una grosería.

—Primero acuérdese de ellos.

Laureano apoyó las manos sobre la tierra y respiró hondo. Las costillas le recordaron la caída que había pasado hace un par de minutos. Podía respirar sin que el dolor aumentara demasiado, además no estaba realizando aspiraciones cortas, eso era buena señal. El tobillo era otra cosa. No necesitaba tocarlo para saber que no lo sostendría, sabía que no lo tenía roto, pero la hinchazón y la falta de dolor inmediato le decían que no podría llegar caminando hasta Los Espinos. Si salía de allí tendría que hacerlo sobre el caballo de la muchacha, que debía estar escondido en alguna parte, quizás detrás de los árboles, pero para lograr eso debía conseguir que ella se acercara.

—¿De quiénes?

—De los que andaban con usted.

—Anduve con harta gente.

—Cinco.

Laureano volvió a mirar el arma. La muchacha hizo una pequeña corrección con el hombro y el cañón regresó a su cara.

—Éramos más de cinco.

—Esa noche eran cinco.

Laureano no contestó. En siete años había pasado por Chillán, Talca y Los Ángeles; había arreado animales robados hacia el otro lado de la cordillera, había trabajado con su nombre y con otros, había dormido en casas donde la gente lo recibía porque lo conocía y en galpones donde los perros y las pulgas apenas lo dejaban cerrar un ojo. Cinco hombres podían ser cualquier cosa. Antes de la guerra habían sido cinco muchas veces. Durante la guerra, cuando ya nadie sabía quién mandaba y los uniformes servían tanto para conseguir comida como para terminar colgado de un árbol, habían sido cinco, siete, diez e incluso cuarenta y cinco. Después volvieron a ser menos, incluso cinco, porque los demás murieron, escaparon o encontraron alguna forma de regresar a sus casas.

—Barrales —dijo la muchacha.

Laureano parpadeó y ocultó la reacción que la niña intentó sacar con el nombre de su colega. Sin apodo ni respeto, como si se refiriera a un animal que había sido suyo.

—El Tuerto está preso —mintió.

—No.

—Lo andaban buscando unos gendarmes en Bulnes hace un par de meses atrás.

—Lo encontraron en el río sin nombre, al norte de Los Espinos. Tenía un tiro en la espalda.

Laureano recordó haber oído algo en una cantina de Chillán Viejo. Barrales había desaparecido después de recibir un recado y su cuerpo apareció tres días más tarde, con los bolsillos vueltos y la cara hundida en un remanso que no alcanzaba a cubrirle las orejas. Dijeron que había sido una disputa por animales, aunque a Barrales ya no le quedaban animales ni hombres suficientes para disputarlos. La superstición del río también hizo lo suyo.

—¿Fuiste tú?

La muchacha no respondió. Laureano pensó que aquello podía ser parte de una mentira ensayada para intentar asustarlo pero, en la guerra perdió la capacidad de tener miedo y asombro. También murió algo en él, a veces pensaba que había muerto peleando por Balmaceda y ahora, todo lo que vivía, era parte de su condena en el infierno. Otras, las menos, pensaba que solo estaba forjando el camino al averno. En esta tarde ella lo estaba haciendo dudar, en el infierno no podía haber niñas con vestido empuñando un fusil Gras convertido a carabina por algún veterano que prefería la comodidad y matar presas de más de cerca, como también había algo en el silencio de la mocosa que no buscaba convencerlo, porque si esto era el infierno la torturadora volvería a la pregunta anterior, solo para hacerle sentir que él no tenía el poder.

—También a Vera —dijo.

Nicasio Vera había muerto en abril, acostado en la pieza trasera de la casa de su hermana mayor, después de varios días de fiebre y vómitos. Laureano se había enterado por un matarife de San Carlos que alguna vez los ayudó a vender la carne de animales robados. Nadie le dio importancia porque Nicasio llevaba años mal de las tripas y tomaba lo que encontraba. El entierro fue pequeño. La hermana se quejó de que ningún amigo había aparecido a ayudar con los gastos.

—Estaba enfermo.

—Sí.

—Se murió solo.

—No lo hizo.

Laureano la imaginó entrando en la casa con un canasto, sentándose junto al enfermo, esperando a que se secara por dentro. Nicasio habría hablado. Siempre lo hacía cuando bebía o cuando tenía miedo, y durante los últimos días debió de tener miedo incluso de cerrar los ojos. Quizás le había dicho dónde encontrar a los demás, porque ella le habría pedido contarle más historias de sus días de gloria. Quizás había muerto sin entender que la niña que le acercaba agua le estaba acercando algo más y que era ella la que no iba a permitirle salir de la enfermedad. 

El fuego cedió entre dos ramas y levantó una columna de chispas. La muchacha retrocedió apenas la cabeza. Tenía una marca pequeña junto a la ceja izquierda, una línea clara bajo la piel sucia. Laureano volvió a sentir que la conocía, pero ahora entendía que esa sensación pudo estar ahí porque ella estaba ahí, ahora, apuntándole como muy poca gente lo había hecho antes. 

No alcanzó a procesar la muerte de dos de sus colegas cuando la mocosa continuó.

—Pedro Lillo se voló la mitad de la cara con su propia escopeta. En su casa dijeron que la estaba limpiando.

Laureano había oído esa historia en Coihueco. Pedro no limpiaba las armas. Lillo aseguraba que la mugre mantenía unidas las piezas y que solo los milicos podían perder tiempo frotando fierros. Si la escopeta se hubiera disparado dentro de la casa, alguien la sostuvo. Laureano miró las manos de la muchacha. Eran pequeñas, con los nudillos partidos por el frío. En la base del pulgar derecho tenía una cicatriz redonda.

—¿Cuántos años tenías cuando empezaste?

—Los suficientes.

—Eso no es una edad.

—Trece.

Durante un momento Laureano sintió algo parecido a la lástima, pero se le pasó al recordar que Pedro tenía dos hijos menores que ella y que alguno debió de haber entrado en la pieza después del disparo y ver la cabeza del padre pintando el adobe.

—Falta Segundo —inquirió el hombre.

—Segundo Jara se ahogó en el Ñuble.

—Jara nadaba mejor que un perro.

—Tenía una piedra amarrada al cuello.

—Eso suele matar al mejor nadador, incluso si ese nadador fuera un perro.

La niña por primera vez insinuó algo parecido a una sonrisa en la comisura de la boca. Laureano bajó la mirada. Habían encontrado el cuerpo cerca de Nahueltoro, hinchado y sin botas. La noticia no había llegado hasta él o quizá la había oído y no reconoció el nombre. Segundo era el menor de la partida, un muchacho que se persignaba antes de entrar a una casa y después robaba los crucifijos. Cuando Laureano lo conoció todavía no le salía barba. Durante la guerra aprendió a usar el rifle y a distinguir un caballo sano de uno que no llegaría al próximo pueblo. Después no aprendió nada que le fuera a servir para ser un hombre de bien.

—¿Te ayudó alguien?

—Todos preguntan lo mismo.

—Porque una niña no carga a un hombre hasta un río.

—No lo cargué. Caminó.

Laureano sonrió por primera vez. Ella le había apuntado a Segundo, le había atado una piedra al cuello y lo había obligado a caminar hasta el borde. Si todo lo anterior era verdad ella, a esa edad, ya sabía que un hombre como Segundo podía recorrer una distancia considerable mientras creyera que al final tendría la oportunidad de fornicar con una niñita, porque Segundo tenía eso dentro de él, algo que Laureano despreciaba.

—Entonces yo soy el último.

—Usted siempre fue el último.

La muchacha apretó la mandíbula. Laureano lo advirtió. Los otros muertos habían sido pasos. Él era el lugar al que intentaba llegar y todavía no sabía si eso lo ponía en mayor peligro o si, por el contrario, le concedía algo que los muertos no tuvieron.

—Entonces ¿Dónde fue que cruzamos caminos, señorita?

Ella mencionó un sector al norte de Pinto, cerca del camino viejo hacia Coihueco. Dijo que había una casa con techo de tejas amarillas, un corredor angosto y un nogal junto al pozo. Detrás estaba el establo y una bodega donde el padre guardaba trigo. 

Laureano intentó recordar la noche de la que hablaba. Sintió que recordaba el nogal, pero podía estar agregándolo ahora porque la muchacha acababa de nombrarlo.

Había llovido durante tres días y los caminos se habían convertido en una sucesión de zanjas. Ellos venían desde Chillán, aunque no todos habían peleado en el mismo pelotón, si tenían algo en común que perder. Llevaban dos caballos reventados, un fusil que no funcionaba y la noticia de que Balmaceda estaba muerto. Barrales había dicho que necesitaban conseguir animales y comida fresca y luego escapar a la cordillera o hacia Argentina. Nicasio mencionó que conocía a gente de la zona, había una casona grande, les dijo que el dueño tenía dinero porque vendía trigo para los molinos del lugar.

Recordaba un par de perros que se les acercaron y que no alcanzaron a ladrar. Recordaba que Pedro se había quitado una chaqueta militar antes de entrar y que debajo llevaba una camisa blanca manchada hasta el pecho. Recordaba a una mujer junto al brasero y a un hombre que insistía en que no tenían dinero porque ese año perdieron casi toda la cosecha por el polvillo.

—¿Cómo se llamaba tu padre?

Ella se lo dijo. Laureano repitió el apellido en voz baja. Esta vez apareció la pieza completa: la mujer tratando de llegar hasta el corredor, Nicasio sujetando al hombre, Barrales gritando que encontraran las llaves, una lámpara que cayó al suelo y que parte del aceite se inflamó, desparramando el olor. El padre de la muchacha lo reconoció. Quizás habían trabajado en el mismo fundo años antes o lo había visto faenar animales robados. Lo llamó por su nombre y Laureano comprendió que no podía dejarlo vivo.

El resto de los hombres no alcanzaron a decir nada cuando disparó. La mujer se arrodilló a su lado, intentando tapar con sus manos la herida del cuello que brotaba en borbotones. Laureano también le disparó. Ella no lo había reconocido y probablemente no habría podido describirlo. Durante mucho tiempo justificó esa segunda muerte pensando que había evitado que Barrales, Nicasio o Segundo hicieran algo peor que matarla. 

—Ahora se acuerda —dijo la muchacha.

El arma descendió una fracción y volvió a subir. Laureano supo que había respondido bien sin saber todavía por qué.

—Mi madre se llamaba Elvira.

—Ya no importa su nombre.

—Estaba de rodillas.

—Sí.

—Le pidió que no la matara.

—Todos lo piden.

—¿Todos?

La mocosa puede haber estado hablando de él, de que iba a pedirle, implorarle que no le disparara, pero él no estaba para rogar. No quería seguir viviendo, pero tampoco le interesaba morir. Laureano pensó un poco antes de responder. La mujer, la madre de la niña, había dicho algo, pero él solo recordaba el movimiento de su boca y una de sus manos buscando la del marido. Podía mentir. La muchacha quería que mintiera.

—Puede que haya pedido que no la matara, pero parece que no le hice caso.

—Yo estaba debajo del catre.

Laureano miró otra vez la marca junto a su ceja. 

Algo parecido a una cama alta y angosta comenzó a recordar, estaba al fondo de la pieza donde pasó todo, cubierta por mantas y recuerdos tibios, pero ignoraba si la cama apiñada le pertenecía o había sido construida por las palabras de la muchacha. 

Después de los disparos los hombres lo reprocharon, no esperaban matar a nadie. El dueño de casa tenía animales de sobra y comida para no quejarse, pero Riquelme no quería volver a ver una horca o un escuadrón de fusilamiento tan de cerca como lo había visto hace un par de semanas. La mirada que dio a sus compañeros fue una orden. Revisaron la casa. Pedro abrió cajones. Segundo encontró las llaves dentro de un tarro de harina. Barrales salió hacia el establo y Nicasio bebió aguardiente directamente de una botella que el padre había destilado hace un par de meses. Laureano permaneció junto a los cuerpos hasta que la lámpara rota comenzó a extinguirse. Luego recorrió las piezas para comprobar que no quedara nadie. Había un par de habitaciones con camas pequeñas, juguetes y ropa de niños y niñas. Pensó en ese minuto que la peste blanca había acabado con ellos. No habría sido la primera vez que viera como familias numerosas terminaban reducidas a un padre y una madre.

—Usted volvió a la pieza—dijo ella—. Se paró al lado del catre.

—Puede ser.

—Yo le vi las botas.

Laureano recordó el barro endurecido alrededor de las suelas y una mancha oscura que le llegaba hasta la rodilla. Sus botas eran diferentes entonces. Mejores. Se las había quitado a un oficial muerto cerca de Placilla y todavía conservaban parte del brillo, aunque llevaba semanas caminando.

—Se quedó ahí —continuó la muchacha—. Yo no respiré. Usted miró debajo.

—No.

—Sí.

Ella tenía ambas manos sobre la carabina. El hombro derecho le temblaba, quizás por el nerviosismo o por el esfuerzo y la boca ya se le había secado. Laureano escuchó como tragaba saliva.

—Me vio —dijo ella—. Después salió.

Había esperado siete años para preguntarle por qué la dejó viva y luego había matado a cuatro hombres para llegar hasta esa pregunta. Necesitaba que Laureano la hubiera visto, que hubiera permanecido frente al catre decidiendo si una niña debía morir y que, por algún motivo que solo él podía entregarle, hubiese optado por marcharse. Sobre esa decisión había levantado todo lo que vino después. Aprendió a disparar porque él la dejó con vida. Siguió los nombres porque él debió de saber que alguna vez iría a buscarlos. Él había sido, sin querer, el heraldo de la pequeña muerte que visitó a sus colegas. Cada asesinato había sido la consecuencia de aquel error o de aquella piedad, y ambos se encontraban ahora junto al fuego para terminar lo que él había iniciado.

Laureano hurgó en su memoria. Después de registrar las piezas se detuvo junto al catre, bajó la cabeza y direccionó la cabeza hacia abajo el colchón, pero no miró. Había oído algo afuera, tenía la sensación de que había sido un disparo, pero podría haber sido un caballo o la voz de Barrales, y permaneció unos segundos tratando de decidir de dónde venía y saber si aquel ruido era señal de peligro. Nicasio se paró en la puerta y le señaló el aguardiente, matar no era algo que le provocaba mucha ansiedad, pero un trago le haría bien. Salió de la pieza. La niña confundió la espera con una elección porque desde su escondite no podía ver hacia dónde apuntaban sus ojos. La lámpara ya no alumbraba, la única luz estaba siendo tapada por Nicasio.

—Yo no te dejé vivir —dijo—. No te vi.

La muchacha cambió ligeramente de expresión. Había imaginado que lloraría, que gritaría o que dispararía de inmediato, pero ella solo continuó apuntándole mientras la frase encontraba un lugar dentro de su cabeza. Durante unos segundos no pareció la niña ni la mujer que podría haber sido, sino alguien a quien acababan de devolver a una pieza cerrada siete años antes, con el cuerpo de su madre a pocos pasos y la certeza de que nadie sabía que estaba allí.

—Miente.

—No.

—Me miró.

—No te vi.

—¡Cállese!

Laureano guardó silencio. La muchacha respiraba por la boca. Le cambió el ritmo de la respiración. El cañón se desplazó desde la cara hasta el pecho y después regresó a la cara del hombre. Podía disparar desde allí y él moriría sin alcanzar a tocarla. También podría irse, dejarlo con el tobillo roto y esperar a que el frío o los hombres que lo seguían terminaran el trabajo. Cualquiera de esas decisiones la habría llevado por otro camino, pero ninguna respondía la pregunta que la había llevado hasta el bosque.

—Míreme —ordenó.

Laureano la miró.

—Diga que se acuerda de mí.

—Me acuerdo, de ahora.

—De esa noche.

—No.

Ella dio un paso hacia él. No bajó la carabina, aunque a esa distancia el largo del arma comenzaba a perjudicarla. Laureano movió apenas la pierna sana y dejó que el gesto pareciera un intento por acomodarse. El cuchillo seguía dentro de la bota. Podía sentir la presión del mango contra el tobillo.

—Usted sabía que yo estaba ahí.

—No sabía.

—¿Por qué mató a mi mamá?

Laureano pensó en mentir otra vez. Podía decir que ella intentó atacarlo o que Barrales le había hecho un gesto para que lo hiciera. Podía inventar que alguien los venía persiguiendo desde Pinto y que no tuvieron tiempo. La muchacha necesitaba una causa, incluso una mala, y él podía entregársela a cambio de unos minutos. Pero llevaba la pierna rota, tenía frío y ya había comprendido que cualquier explicación sería otra cuerda tendida entre los árboles.

—Porque estaba ahí.

La muchacha se acercó otro paso. El fuego quedó a su izquierda y Laureano vio cómo una lágrima le cruzaba la suciedad de la mejilla, no supo si ella se había dado cuenta. Había conseguido que los cuatro hombres caminaran hacia su muerte sin pedirles nada. A él, en cambio, le había permitido hablar, recordar a sus padres de manera incompleta y reducirlos a una confusión de cuerpos, barro y cosas robadas. Laureano entendió que la había herido más con la falta de memoria que con cualquier cosa que pudiera decirle.

—Póngase de rodillas —ordenó ella.

—No puedo.

—Entonces dese vuelta.

—Tampoco puedo.

La muchacha avanzó hasta quedar a poco más de un metro. Quería dispararle por la espalda o hacerlo arrodillarse como su madre lo había hecho, para hacer una torcida correspondencia entre ambas noches. Laureano dejó caer una mano sobre el empeine de la bota izquierda. Ella corrigió el arma hacia abajo.

—La mano.

—Me duele la pierna.

—Póngala donde pueda verla.

Laureano levantó la mano. Con la otra tomó un puñado de tierra húmeda y ceniza. No fue un movimiento rápido. La muchacha lo vio comenzar, pero en vez de disparar retrocedió para conservar la distancia y el talón chocó contra una rama, haciéndole perder el equilibrio. El tiro salió hacia arriba. Era un fusil Grass acondicionado como carabina, era un arma de cerrojo monotiro, debía meter otro cartucho metálico con el cerrojo. Durante un instante el bosque entero pareció cerrarse alrededor del estampido.

Laureano le arrojó la ceniza a la cara y se lanzó sobre su pierna izquierda. La muchacha cayó sin soltar la carabina. Él sintió que algo se rompía dentro de su tobillo cuando arrastró el cuerpo, pero siguió avanzando, en medio del dolor se dio cuenta que aún no quería morir. Ella le pegó con la culata en la sien. Laureano vio el fuego duplicarse y después recibió otro golpe en la boca rasgándole el labio inferior. La niña aprovechó el aturdimiento para calzar otro cartucho. El bandolero alcanzó a sujetar el cañón antes de que ella pudiera apuntarlo y ambos tiraron del arma, cada uno hacia su lado, demasiado cerca para disparar.

La muchacha soltó la carabina y buscó algo debajo del chal. Laureano vio el brillo de una hoja pequeña. La tomó de la muñeca. Ella le mordió la mano hasta hacerle soltar un grito y alcanzó a hundirle la punta en el hombro. Laureano la golpeó una vez. No fue suficiente. La golpeó de nuevo y ella perdió el cuchillo, pero continuó buscando la carabina con la mano libre.

Durante los años siguientes Laureano no recordaría con claridad cómo consiguió quedar encima de ella ni en qué momento logró poner sus manos alrededor del cuello. Recordaría el olor del pelo castaño oscuro ondulado de la niña chamuscándose cerca del fuego, la sangre dentro de su boca y la sorpresa de comprobar que la muchacha, incluso cuando entendió que iba a morir, siguió intentando alcanzar su cara con las uñas.

Los ojos de la muchacha comenzaron a ponerse rojos, insistía en intentar arañar, pero ahora ya no importaba. Riquelme comenzó a soltar, pensó en parar y darle la oportunidad de seguir con su vida. Ella se casaría, tendría hijos, les haría tortillas en rescoldo y les contaría el cuento de cómo una tarde de invierno intentó vengar la muerte de sus padres y que si no fuera por el honor de aquel bandolero, habría terminado sus días pudriéndose en un bosque de hualles al sur de Chillán. Laureano apretó un poco más fuerte y sintió como se dislocaba una de las vértebras. El pataleo terminó de inmediato.

Laureano permaneció sobre el cuerpo hasta que el brillo de los ojos se fue del todo y escuchó su último aliento, después se arrastró hacia un árbol y vomitó. No sentía la mano mordida ni el corte del hombro. Solo el tobillo, que latía dentro de la bota como si aún estuviera atrapado bajo el caballo.

La muchacha había quedado de lado, con una mejilla contra la tierra. De cerca parecía menor. Laureano pensó que quizás tenía doce o trece años y había mentido sobre la edad del mismo modo en que todos mentían cuando necesitaban que los otros creyeran que sabían lo que hacían. Le cerró los ojos, pero uno volvió a abrirse, así que levantó el chal por sobre la cara.

Esperó hasta recuperar el aire y luego revisó los bolsillos de la blusa de la niña. Encontró un trozo de charqui, fósforos envueltos en tela, seis cartuchos y una medalla de cobre con la imagen de la Virgen del Carmen. En una bolsa cosida al interior de la falda había cuatro objetos: un botón de madera, una taba marcada con una cruz, un naipe doblado y un pequeño gancho de hierro. Laureano reconoció la taba de Nicasio y el naipe que Pedro guardaba dentro del sombrero. El gancho podía pertenecer a Segundo, que lo usaba para limpiar la cazoleta de su pipa. Del botón no estaba seguro, pero asumió que era de la chaqueta de oficial de Barrales.

Los puso en el suelo, uno junto al otro. Hasta entonces había supuesto que la muchacha podía haber recibido ayuda o que se atribuía muertes ajenas para asustarlo. Ahora entendió que los había encontrado, que se había acercado a cada uno sin que ninguno viera peligro y que durante más de un año había ido cerrando una cuenta que solo existía para sí misma. El Tuerto, Nicasio, Pedro y Segundo habían muerto sin saber que aquella noche dejaron a alguien vivo. Laureano era el único que llegó a saberlo y también el único que sobrevivía.

Guardó los objetos dentro de la bolsa y volvió a coserla como pudo. No sabía por qué lo hacía. Quizás porque le pareció que debían permanecer con ella o porque temió que llevarlos consigo significara aceptar una relación con aquellos muertos que ya no tenía. Conservó la carabina y los cartuchos.

Sacó la alforja de su caballo y encontró el animal de la muchacha detrás de una loma, amarrado a un boldo. Era una yegua baja, de patas firmes, con una manta enrollada detrás de la montura. Laureano tardó casi una hora en llegar hasta ella. Cada vez que apoyaba la pierna perdía la vista por unos segundos y tenía que quedarse quieto, abrazado a un árbol. Al montar creyó que no podría hacerlo, pero la yegua soportó su peso y esperó mientras él acomodaba el pie roto fuera del estribo.

Antes de marcharse regresó la mirada hacia el fuego. Desde allí no alcanzaba a ver a la muchacha, solo el humo subiendo entre los árboles. Pensó en la casa junto al camino viejo, en el nogal y en la mujer arrodillada. Intentó recordar si había escuchado llorar a una niña después de los disparos. 

No. Nada.

La yegua descendió hacia el poniente. Laureano debía cruzar el río antes de que amaneciera y encontrar en Los Espinos algún lugar donde le arreglaran el tobillo sin hacer preguntas. Detrás quedaban cinco muertos que no habían significado lo mismo para nadie. Pensó que los hombres que venían siguiéndolo desde San Carlos encontrarían primero el caballo quebrado, luego la cuerda y finalmente el cuerpo de la niña junto al fuego. Tal vez creerían que él había perseguido a la muchacha hasta allí y sumarían otra muerte a su prontuario. 

Cuando alcanzó el sendero, el bosque ya estaba oscuro y Laureano había dejado de pensar en ella.

Deja un comentario

Scroll al inicio